 Del inconveniente de haber nacido ¡Que no sea posible remontarse sobre el concepto, escribir a ras del sentir, registrar las variaciones ínfimas de lo que se toca, hacer lo que haría un reptil si se pusiera a escribir! Digo que quizás sea eso, escribir, lo único que nos separa del mundo natural, lo que nos define. Expresarse en un soporte externo. Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.
Si la muerte sólo tuviera facetas negativas, morir sería un acto impracticable.
En la costa normanda, a hora tan temprana, no necesitaba a nadie. La presencia de las gaviotas me molestaba y las hice huir a pedradas. En sus chillidos de estridencias sobrenaturales comprendí que era eso precisamente lo que necesitaba, que sólo lo siniestro podía apaciguarme, y que para hallarlo me había levantado tan de mañana.
Cada vez que estoy mal y me apiado de mi cerebro, me siento llevado por un irresistible deseo de proclamar. Entonces adivino de qué pedestres abismos surgen reformadores, profetas y salvadores.
Hace falta una visión de repuesto, pues la del Juicio Final ya no convence a nadie.
Días milagrosamente cuajados de esterilidad. Y yo, en vez de alegrarme, de cantar victoria, de convertir esa sequedad en fiesta, de ver un ejemplo de mi realización y madurez, de mi desapego, me dejo invadir por el despecho y el mal humor: así de tenaz es en nosotros el hombre viejo, la chusma turbulenta incapaz de hacerse a un lado. * * * Me atrae la filosofía hindú cuyo propósito esencial es el de superar el yo: todo lo que hago y todo lo que pienso es únicamente yo y desgracias del yo.
Cuando se rechaza el lirismo, emborronar una página se convierte en un infortunio: ¿qué sentido tiene escribir para decir exactamente lo que se tenía que decir?
El paraíso no era un lugar soportable, de lo contrario el primer hombre se hubiera adaptado a él; este mundo tampoco lo es, ya que en él se añora el paraíso o se da otro por seguro. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? No hagamos nada, no vayamos a ningún sitio, así, sin más.
Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.
Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: «¿De qué le sirvió nacer?», hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.
Con respecto a la muerte oscilo sin cesar entre el «misterio» y la «nada», entre las Pirámides y la Morgue.
Fulano me insulta. Estoy a punto de abofetearlo. Reflexiono y me abstengo. ¿Quién soy, cuál es mi verdadero yo: el que replica o el que se echa, para atrás? Mi primera reacción es siempre enérgica; la segunda, débil. Eso que llaman «sensatez» es, en el fondo, «reflexión», es decir, la no‑acción como primer movimiento.
Tracios y Bogomiles: no puedo olvidar que he frecuentado los mismos parajes que ellos, ni que unos lloraban por los recién nacidos, y que los otros, para absolver a Dios, hacían responsable a Satanás de la infamia de la Creación.
Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes. Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia.
Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes. Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia.
Todo se lo perdono a Fulano a causa de su sonrisa pasada de moda.
Siempre he buscado paisajes anteriores a Dios. De ahí mi debilidad por el Caos.
Cuando Mara, el Tentador, intenta suplantar a Buda, éste le dice: «¿Con qué derecho pretendes reinar sobre los hombres y sobre el universo? ¿Acaso has sufrido por el conocimiento?»
El mismo sentimiento de no pertenencia, de juego inútil, donde quiera que vaya: simulo interesarme por lo que no me importa, me afano por automatismo o por caridad, sin involucrarme jamás, sin estar nunca en ninguna parte. Lo que me atrae está en otro lado, y ese otro lado no sé qué es.
Las ideas vienen caminando, decía Nietzsche. El andar disipa el pensamiento, enseñaba Sankara.
Todo lo bueno que podamos tener viene de nuestra indolencia, de nuestra incapacidad de pasar a la acción, de llevar a cabo nuestros proyectos y designios. es la imposibilidad o el rechazo a realizarnos lo que mantiene nuestras «virtudes», y es la voluntad de dar nuestro máximo lo que nos lleva a los excesos y a los desajustes.
No existe un sólo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del Paraíso.
No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.
Más de una vez me ha ocurrido salir de casa porque, de haberme quedado, no estaba seguro de poder resistir a alguna resolución súbita. La calle es más tranquilizadora porque se piensa menos en uno mismo, y porque en ella todo se debilita y se deteriora, empezando por las angustias.
¿Qué decepción que Epicuro, el sabio que más necesito, haya escrito más de trescientos tratados! Y qué alivio que se hayan perdido.
Habiendo vivido siempre con el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera.
Una obra existe cuando se ha preparado en la sombra con la atención, con el cuidado con que el asesino medita su golpe. En ambos casos lo principal es la voluntad de acertar.
Cuando ocurre que estoy ocupado, ni por un instante pienso en el «sentido» de nada, y, mucho menos, en el de lo que estoy haciendo. Prueba de que el secreto de todo reside en el acto y no en la abstención, causa funesta de la conciencia.
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