 Ahora son las 6:09 AM del martes 24, fecha conmemorativa del inicio de la guerra de Putin en Ucrania. He madrugado más de la cuenta -sobre las 4:30- para ir a cagar y para aprovechar y despejar las tareas pendientes de «aquí». Domingo. Las chicas amanecen en Haro, a pocas horas de abandonar la tierra riojana, donde han pasado un finde de ésos que en el tiempo actual se perfilan como indispensables en las agendas de las gentes bien enfocadas. Estoy convencido de que Raquel no se siente en plenitud compartiendo con mujeres perturbadas y estresadas, ella ya sabe que lo que su yo le pide es calma, interioridad y buscar dentro lo que le haga sentirse más ella; con esas compañías es inviable, es, tal cual, una pérdida de tiempo. No sé si algún día Raquel lea estas líneas, pero las escribo como las pienso. Como será la cosa, a colación del párrafo anterior, que pudiendo estirar su disfrute de Haro, comer entre risas y alegrías, turistear y emocionarse en grupo, pudiendo no lo han hecho, al contrario, han rehecho las maletas y, con todos los objetivos bien cumplidos, han llamado a sus "hombres" para convocarlos en la cervecera de Kobetas para comer en familia. Organizar a los demás es una especialidad que dominan cada una de las cuatro, y obedecer con una sonrisa en el rostro -por si las moscas- la de los "chicos". A mí el cambio de planes me ha roto el domingo por el eje central: vaguear por el hogar con mi gato y mis movidas de bricolaje; en fin, menos mal que la tarde del sábado rematé mi obra cumbre en cartón y fantasía. El domingo luce por fin el sol y el cielo tiene un azul especial, el color que augura nuevas primaveras. El plan organizado por las chicas hace que el desplazamiento masculino se inicie en Barrika, donde Juan Luis pone en marcha su espectacular SUV híbrido y pasando por Erandio, Santutxu y La Peña nos traslade a lo alto del barrio de Altamira. Aún no hemos salido de Santutxu cuando se nos informa de que las muchachas ya están en la cervecera, que han cogido mesa y que aquello está abarrotado, como era de esperar. Kobetas. La cervecera está petada. Las chicas han reservado una mesa en zona de sombra y ya han iniciado la liturgia de las colas para los pollos y las jarras de cervezas. Yo decido adoptar un perfil bajo y me acomodo a verlas venir. La movida va de esperar y de decir tontadas. Al cabo de más de una hora los pollos comparecen ante los hambrientos estómagos; comemos y bebemos. Choricitos y morcillitas, patatas fritas y ensaladas, y pollo asados a discreción; también comparecen tres pedazos de diferentes tipos de tartas, en realidad la misma tarta bizcochera y carente de interés gastronómico, sólo apta para glotones -pero las prueba todas ellas-. Cuando se terminan las viandas se acerca uno de esos momentos tensos en los que los más avezados borrachines proponen continuar la fiesta en La Peña alrededor de unos tragos largos; el promotor es precisamente el que tiene que conducir a media tarde hasta Santelices, donde han pensado pernoctar unas noches a instancia de "la risa loca" que no ha quedado satisfecha con las perspectivas etílicas y necesita más, y más y más. Por suerte para mí Raquel está reorientando sus conductas familiares y no ha accedido a la propuesta alcohólica, ha ignorado los gestos de decepción en las caras de Jorge y Esther y se ha mantenido firme en ir a casa a descansar y tal y cual; también Rebeca y Txetxu han mostrado su deseo de ir a casa y dar por terminado el fin de semana de jolgorio y francachelas -madre mía-. El discurso en privado de los alegres divorciados va en una dirección -así lo siento yo, así me lo comunican sus sin palabras- que se distancia más y más de nuestros discursos, y lo que parecían líneas paralelas son en realidad líneas divergentes; es lo que hay. Esther arrastra a Jorge a su mundo de angustias, miedos, rencores y falsos agravios, todo en ella es oscuro y cargado de potencial negativo; por ahí va mal, pero insiste en ello, fiel a su carácter testarudo. Son casi las cinco cuando cerramos la puerta de casa a nuestra espalda. Todo está bien, mi mujer es un cielo. Nos ponemos cómodos. Raquel se acuesta a descansar, yo me ocupo de todo, preparo acelgas para cenar y despejo el escenario para que las sensaciones sean relajadas y las emociones se atemperen y todo fluya. Unas fechas señaladas en rojo que también quedan en el tiempo pasado de los recuerdos que nunca rememoraré; nunca. Siguientes fechas en rojo: fiestas de prejubilación, la íntima y la multitudinaria; a por ellas voy... |