He renunciado hoy a la caminata o similar refrenado en mis impulsos por una climatología adversa. Pero no he parado, no he comido, no he fumado, y no he hecho nada que perjudique mi propósito de mejora. De hecho he salido dos veces a diferentes misiones. Una, las compras de verduras, previo pase por el estanco del Carmelo a hacer una devolución de Raquel. [cont. escrito el lunes siguiente] Los propósitos se van al traste. A media tarde voy a casa de la Tata a ayudar con unas ñapas: colocar dos lámparas en la sala, cambiar unas bisagras en una puerta de los muebles de la cocina y echar un vistazo a las halógenas de la lámpara del techo del excuarto de Rebeca. Hasta aquí todo bien. Pero al terminar las ñapas obviamente toca un refrigerio bien merecido. Merendola en el Claudio, potes por la Plaza Nueva, pitis y alcohol. No nos pasamos demasiado de la raya, pero el daño está hecho: los buenos propósitos caducan en esas horas (jajaja). Siempre igual. Volvemos a casa a media noche, sin caer en la trampa de tomar la última por el barrio; menos mal. |