El viaje a Murcia no se suspende. A pesar del problema mecánico del amortiguador roto, decidimos continuar con el plan previsto y viajar a Murcia a conocerla y a disfrutar de una buena comida. El viaje fue bastante incómodo por la tremenda ruidera que hacía el coche, pero lo sobrellevamos lo mejor que pudimos. Hicimos una parada técnica en un hostal de la autovía, a la altura de Baza; nos pusieron unas de las medias tostadas más grandes que tienen registradas nuestras memorias. Llegamos al hotel Barceló Siete Coronas sin novedad, gracias al Maps obviamente. La habitación que nos dieron, la 611, no estaba nada mal, muy confortable, televisor grande, cama estupenda, en fin, muy bien (la ducha se desbordaba y el monomando a lo suyo). Llegamos a eso de la una del mediodía y como la reserva la teníamos para las tres, pues justo nos dio tiempo para echar unas cañas en un mercado reconvertido en BistroMercado que nos pillaba de camino al restaurante, un sitio genial en el que probamos unas marineras, ensaladilla coronada con anchoa, y unos caballitos, megagambas albardadas, riquísimas. Probamos un caldo de Bullas, muy bueno, 37 Barricas. El restaurante era el Salzillo, un restaurante de alto copete. Menú. Seis gambas de Santa Pola, espectaculares, casi vivas. Alcachofas con taquitos de jamón y gamba, perfectas. GalloPedro fritos. De postre paparajotes y un botellín de Cava. Regado con tinto de Jumilla. De nariz Pedro Martínez, Bodegas Barahonda. Dimos un voltio después de comer y al hotel a echar un descansito. Raquel, como suele hacer en esas ocasiones, se fue de tiendas a conocer el comercio de la ciudad; disfrutó, que yo lo sé, porque cuando me llamó para que fuera a su encuentro, la vi radiante y sonriente, jeje. Hicimos un poco de turisteo, visitamos la catedral y tras tomar unas cervezas negras en la plaza de la susodicha, con su tapa de salchicha seca, nos recogimos, cansados, en el hotel... |