Recuérdame todos los días: he nacido sin voluntad, no puedo ni quiero...
Me ha dicho:
« Toma, te entrego la piedra del sacrificio para que puedas llorar todos tus deseos. Ya lo has visto, tú no vales nada. La tortuga hace la espiral del huracán y tus ojos sangran - arena en el desierto -. La sombra fluye, el tiempo no mejora. No eres vino denso, oscuro, aromático. Nadie mueve un dedo por tí. Recuerdas aquellas palabras ¿recuerdas? dos palabras sobre la lengua del océano y aromas de putrefacción junto a la orilla. Todos los días te las cantan "dos palabras". Toma, te abro la ventana de los sueños, para que cabalgues sobre el amado camello y que chilabas cubran tus sonrisas más amargas. Lo sé, ya se lo has dicho, dulcemente, con aliento entrecortado, junto a su oreja. Le has hablado de ese lugar entre las dunas, de la brisa cálida, del atardecer, de las azoteas solitarias, del corazón en paz. Lo sé, todos quieren ir contigo. Tú conoces el lugar, sólo tú. »
Olvida todos mis nombres, todas mis grandes hazañas. Marcho para no volver.
No me dijo tanto, yo me lo he inventado. La oscuridad no encuentra la luz de las palabras.
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