 El Kremlin siempre ha ejercido como herramienta predilecta en su hinterland la diplomacia coercitiva, cuya esencia es el ultimátum, usualmente por necesidades internas e identitarias. El problema de tan agresiva herramienta es que, si no atemoriza suficiente a su víctima, la posibilidad de una guerra se hace cada vez más segura y Rusia solo puede amenazar con una guerra si está dispuesta a llevarla a cabo, de lo contrario dejaría de ser un actor respetable. |