La encuesta que dice la verdad sobre la política. Y deja muchos perjudicados. Ipsos publica anualmente una encuesta.
En esta edición, la ha realizado en 31 países. Sus resultados son muy similares año tras año. En ella se señalan creencias asentadas de las poblaciones occidentales Es interesante seguir la evolución del Broken System Index que Ipsos publica anualmente. La encuesta de 2025 ha sido realizada en 31 países, la mayoría de ellos occidentales. Contiene preguntas muy directas: ¿Cree que la economía del país está amañada para favorecer a los ricos y poderosos? ¿Considera que a los partidos tradicionales y a los políticos les importa la gente como usted? ¿Cree que los expertos de este país entienden la vida de la gente como usted? ¿Considera necesario un líder fuerte que recupere el país de las manos de los ricos y de los poderosos? ¿Incluso si tiene que romper las reglas? ¿Nuestra sociedad está en decadencia?
El resultado no es alentador. La mayoría de los ciudadanos a nivel mundial (57%) cree que su país está en decadencia; el 56% siente que la sociedad en la que vive está rota. La división social es grande en democracias como las del Reino Unido, Estados Unidos o Francia. Existe una notable desconfianza en la economía, ya que se entiende amañada a favor de quienes tienen poder y recursos. No se cree en los expertos ni en los medios de comunicación.
No es 2025, sino un humor social que se reproduce insistentemente cada año desde hace más de una década. Este es el telón político de fondo. Cualquier opción ideológica que quiera tener cierto éxito debe mirar de frente el escenario, entender los motivos que lo han construido, las necesidades de las poblaciones y dar una respuesta a sus problemas.
El problema para los partidos tradicionales Cuesta, sin embargo, que los viejos partidos entiendan este clima. Cada vez que han tenido que afrontarlo, y los resultados electorales han obligado a ello en muchas ocasiones los últimos tiempos, han reaccionado desde la negación. Han reaccionado descalificando a los electores, alertando de las tentaciones autoritarias que laten en las poblaciones o responsabilizando a las noticias que llegan a través de redes y aplicaciones de mensajería. El funcionamiento de la sociedad era razonable, pero un cúmulo de circunstancias, acompañado por las expectativas infladas de los ciudadanos, su falta de aceptación de los sacrificios necesarios o la resistencia a aceptar los cambios han desatado el ascenso de fuerzas políticas muy negativas. El sistema no funcionaba mal, éramos nosotros.
El conjunto que engloba al partido demócrata de EEUU y a las élites (liberales y progresistas) europeas es el que más está sufriendo
La encuesta de Ipsos sirve para recordar hechos objetivos: los ciudadanos occidentales vienen en sociedades que entienden rotas, demandan cambios significativos y están dispuestas a conceder su confianza a quien les haga creer que es capaz de arreglar los desperfectos.
El ejemplo más significativo de esta negativa a aceptar la realidad lo ofrecen ese conjunto de fuerzas que engloba a los demócratas estadounidenses y a las élites liberales y progresistas europeas. Compartían una visión del mundo y un marco político que los tiempos están derribando de manera cruel. Ni siquiera tras la derrota de Kamala Harris en las elecciones de 2024 y la humillación pública en Escocia son capaces de asumir su debacle.
No ha pasado nada Hay una serie de ejemplos recientes que subrayan hasta qué punto se han cerrado sobre sí mismas. El ensayista y periodista británico Timothy Garton Ash acaba de publicar en España un artículo en el que insiste en que la derrota de los demócratas tuvo un culpable, el candidato. El diagnóstico de Garton Ash recurre a una excusa típica de los perdedores, pero le da una curiosa vuelta de tuerca. La responsabilidad no fue de la candidata que se presentó, sino del que no se presentó, Biden, que debería no haberse presentado antes. Si no se hubiera empecinado en concurrir a las elecciones, el resultado habría sido distinto. Es consolador, pero falso.
Equivale a pensar que el votante común estadounidense era favorable a los demócratas y que solo una mala maniobra le alejó de ellos. Una parte importante de los estadounidenses no estaba satisfecha y quería un cambio que los demócratas no estaban dispuestos a proporcionar, con Harris o con cualquier otro candidato que hubiera decidido ese establishment demócrata que eligió a Harris por la puerta de atrás. La derrota no fue producto de la falta de carisma ni de un mal timing, sino de un planteamiento y un programa inadecuados. Garton Ash esconde el polvo bajo la alfombra.
Olivier Blanchard, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional ha publicado esta semana en la red social X un post llamativo: “Muchos buscamos un mensaje positivo de la izquierda (los demócratas en EE. UU., el centroizquierda en Europa) para ganar las próximas elecciones. Mi opinión: ahora que la autocracia ha demostrado cada vez más claramente su verdadera naturaleza, su barbarie y su aleatoriedad, que las próximas elecciones sean una elección entre la autocracia y la democracia. Concéntrense en la naturaleza del proceso de decisión. La democracia es lenta y confusa, pero da voz a todos. (Aléjense de los problemas del estado de bienestar y de las guerras culturales)”.
No es la mejor recomendación en un momento en el que los ciudadanos creen que la economía está amañada a favor de los ricos y poderosos. Blanchard es economista, pero debería tenerlo en cuenta. Dejando de lado este punto espinoso, es probable que Oliver no estuviera demasiado pendiente de la campaña de Harris, porque el riesgo de que el autoritarismo tomase EEUU fue exactamente el argumento central. No salió bien. Su propuesta es volver a hacerlo, pero ahora en serio.
Ante el peligro que supone la extrema derecha, la solución es hacer más pobre a la clase media y frenar las expectativas de los trabajadores
Thomas Friedman es un periodista y ensayista estadounidense, tres veces ganador del Pulitzer y autor de obras influyentes en la era global, como La tierra es plana. En un artículo publicado en el ‘New York Times’, diario del que es un columnista de referencia, asegura que lo más espantoso, y también lo más peligroso, que ha hecho Trump durante su nuevo mandato es cesar a la directora de la Oficina de Estadísticas Laborales. Hay pocos ejemplos como esta afirmación que demuestren de una manera tan nítida la separación entre las élites y la gente común que aparece en la encuesta de Ipsos.
Friedman se refiere al presidente que, entre otras muchas cosas (pero por subrayar una), ha propagado la idea de que Gaza debería convertirse en un resort, con todo lo que eso lleva implícito, y apoya la decisión de Netanyahu de tomar toda la Franja. Es probable que esa visión sea mucho más peligrosa, para la estabilidad internacional, para los derechos humanos y para la misma política estadounidense que despedir a la encargada de las estadísticas laborales, por grave que sea. Friedman lo ve de otra manera, pero siempre ha vivido en el mundo plano del privilegio.
Michael Ignatieff, premio príncipe de Asturias de ciencias sociales 2024 y expolítico canadiense, ha encontrado la fórmula para afrontar la crisis del liberalismo tradicional: podar el Estado para hacerlo más eficiente y aumentar la carga fiscal de la clase media. Es necesaria una voluntad política decidida para hacer frente al "abismo" existente entre "las expectativas sociales" y "la capacidad recaudatoria del Estado". Ante el peligro de que la extrema derecha transforme el mundo, la solución es diáfana: hacer más pobre a la clase media y frenar las “expectativas” de los trabajadores, que todavía esperan sanidad, educación y pensiones públicas. Cómo no nos dimos cuenta antes.
Klein y Thompson han dibujado una versión para progresistas de "dejemos de poner trabas a los ricos". La han llamado 'abundancia'
Ezra Klein y Derek Thompson, de actualidad esta semana por una polémica interesante, pusieron de moda entre el establishment demócrata la tesis de la abundancia, que básicamente consiste en reducir la regulación. Tiene algunos elementos fantasiosos; el resto lo firmaría cualquier neoliberal. Pero si esa es la dirección, habrá que convenir que Trump elimina regulación más rápido y mejor que cualquier demócrata. Klein y Thompson han dibujado una versión para progresistas de “dejemos de poner trabas a los ricos” y la han llamado ‘abundancia’, que es mucho más atractiva que ‘neoliberalismo’.
El programa para los nuevos tiempos Las tesis de los demócratas estadounidenses y de los liberales europeos para hacer frente a la ola de derechas trumpistas en el mundo consiste, en definitiva, en trasladar continuamente la idea de que tenían razón, de que la siguen teniendo y que salvar la democracia consiste en concedérsela. Puede que su programa haya sufrido algún pequeño revés en los últimos tiempos, ya sea por los aranceles, por las guerras, por la debacle demócrata o por la humillación europea, pero saben cómo afrontar los nuevos tiempos. En esencia, lo que debe hacerse es arreglar los déficits públicos, desregular, eliminar prestaciones del Estado del bienestar, subir impuestos a las clases medias, hacer caso a las estadísticas y gritar autoritarismo. No es un programa al azar: es exactamente el que se aplicará en la Europa de los próximos años, combinado con un aumento del gasto en defensa.
No suena prudente dejar las soluciones en manos de quienes crearon los problemas
Es un programa respetable. Muchas derechas de todo tipo lo firmarían. Lo que tenemos que adivinar es si, en un contexto de descrédito institucional, desconfianza en los gestores de la economía, sensación acentuada de declive y aliento populista, es el más adecuado para “salvar la democracia”. Máxime cuando el tiempo autocrático se deriva de una globalización fallida, y fueron personas como Blanchard, Friedman, Ignatieff o Garton Ash las que promovieron activamente la globalización. No vieron venir las disfunciones. No suena prudente dejar las soluciones en las manos de quienes crearon los problemas.
El centrismo aguerrido El peligro que perciben los demócratas y los liberales europeos, de derecha y de izquierda no es su ausencia de reacción. Permanecer en el mismo sitio, aun cuando el mundo se haya movido radicalmente, les parece una prueba de la profundidad de sus convicciones. El problema es que, ante la amenaza de las derechas, los partidos presten excesiva atención a propuestas izquierdistas. Las elecciones, como bien sabe Trump, se ganan con los votantes centristas, por lo que no se debe caer en la tentación de inclinarse posturas que puedan sonar radicales.
Esa es la tesis defendida por Richard Hanania, que alerta de la necesidad de no abandonar al votante moderado. Pero eso no significa que se deba adoptar una posición tímida. Hanania aboga por un centrismo combativo, que básicamente consiste en oponerse a la agenda de Trump siempre que haya ocasión. Cabe preguntarse si hay alguna oportunidad para morder a Trump que hayan dejado pasar desde 2015. La oposición frontal, la minusvaloración de sus acciones o la descalificación personal han sido instrumentos demócratas habituales desde hace una década. No es una táctica nueva, tampoco exitosa.
La verdadera táctica es esperar que los excesos de Trump le pasen factura. Puede ser exitosa, pero tiene un par de serios inconvenientes
El presidente republicano ha conseguido aprobar las normas que pretendía sin demasiado problema, y algunas de ellas, desde los aranceles hasta el Big Beautiful Bill, tienen un peso realmente relevante. Los dirigentes europeos no han cesado de alertar sobre el peligro de los proyectos trumpistas y expertos y medios de comunicación han tildado al presidente de loco, voluble o dictador, y le han mirado desde una superioridad permanente. Pero, a la hora de la verdad, los tenía en el campo de golf firmando el acuerdo con un pulgar levantado. El centrismo combativo es un eufemismo para designar la aceptación del vasallaje.
Cómo hacer política en un mundo incendiado Los demócratas y las élites europeas, tras el fin del fin de la historia, tienen un programa que consiste en seguir actuando igual. Las mismas ideas, los mismos enfoques, los mismos mensajes. Sin embargo, incluso así se pueden ganar unas elecciones. Trump y sus derechas dependen en buena medida del éxito del gobierno estadounidense; las promesas realizadas a la población tienen que cumplirse. Si defrauda a sus votantes, las puertas se abrirán para otra opción, y solo están los demócratas al otro lado. Esta es la verdadera táctica: esperar que los excesos de Trump le pasen factura. Puede ocurrir, pero actuar de ese modo tiene un par de inconvenientes. Por una parte, implica una actitud pasiva, la de esperar que llegue el descarrilamiento, lo que significa que todo se deja en las manos de Trump.
El otro problema lo subraya Giuliano da Empoli: apostarlo todo a la autodestrucción de Trump sería un error estratégico porque la derrota de 2020 prefiguró el escenario para la victoria de 2024, que ha sido más firme y que ha arrancado con un programa mucho más audaz. Si los demócratas, como las fuerzas políticas europeas, no logran articular una contranarrativa sólida, asentada en una respuesta política e ideológica, el trumpismo seguirá ahí, encarnado en un nuevo líder.
Trump y sus derechas dependen en buena medida del éxito del gobierno
Pero esto nos lleva al principio, a cómo hacer política en una sociedad en la que domina la certeza de que las instituciones no funcionan, que percibe amañada la economía y que señala que hay demasiadas cosas que necesitan ser arregladas. En ese escenario, prometer la continuidad del pasado reciente, como hacen los demócratas, y los liberales y socioliberales europeos, es una apuesta pobre.
Hay un profundo deseo de cambio entre las poblaciones occidentales y eso obliga a poner en marcha nuevos proyectos políticos en lugar de insistir en los que han perdido pie. El momento populista sigue ahí, más de diez años después, y no ha encontrado una solución a la altura de las demandas. Nuestras élites insisten en que todo marcha bien, salvo por la presencia de la extrema derecha. Es al contrario: las disfunciones sistémicas han abierto la puerta a las derechas populistas y a las extremas. Eso es lo que subraya la encuesta de Ipsos, y de ella se derivan muchos efectos. El establishment político occidental se ha encerrado en sí mismo y no ha tomado en cuenta ninguno. Su permanente humillación por parte de Trump es la consecuencia. La pérdida de peso político y la cada vez mayor presencia de fuerzas antisistema es el precio que pagan.
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